Ecos de una conciencia atribulada

Autor: Olavo Azevedo (Juan Camilo Perdomo Morales)

Ecos de una conciencia atribulada
Dr. Julián Valenzuela de la Torre

Los fragmentos transcritos a continuación fueron hallado de manera fortuita durante las labores de revisión de documentos históricos no catalogados del fondo Real Hacienda. Se trata de una misiva de carácter privado, carente de firma, con gran parte del documento ilegible, redactada entre 1537 y 1545.

Estos constituyen un testimonio singular en el que convergen narración de viaje, memoria bélica y confesión íntima. El estudio paleográfico y el análisis del discurso sugieren que estamos ante un testimonio clave para comprender la subjetividad de la conquista y la ‘microhistoria’ del proceso de colonización. Su valor reside tanto en la información que aporta sobre los procesos tempranos de exploración y confrontación en territorio americano, como en la dimensión subjetiva que revela.

Lo que otorga a estas piezas un valor historiográfico incalculable no es solo su descripción del Nuevo Reino de Granada, sino la insólita carga de arrepentimiento. Mientras que las crónicas oficiales de la época suelen centrarse en la exaltación de la Corona y la fe, este testimonio nos ofrece una ventana al conflicto moral de un hombre desgarrado entre la codicia y el deber.

[Fragmento I]

«…ca de aquellos seizientos hombres que con gran estruendo salimos, no quedó ni la sombra de lo que fuimos. De Santa Marta con gran ímpetu, bajamos por el río Grande con harto trabajo, mas la tierra se nos mostró madrastra. Adentramósnos en la espesura de la selva donde fiebres e llagas se cebaron en nosotros, ca muchos cayeron sin aliento. Llegados a Barrancas Bermejas, viéndose tan atribulada y sin camino, el desmayo de la gente fue tal, rota de hambre, que intentó sublevarse, mas la fortuna quiso que hallásemos el rastro de la sal, que nos guió como estrella e ansí quiso Dios que del rio ganáramos la sierra. ¡Ay de nosotros!, que al divisar el valle no quedábamos sino dozientos cristianos, pues los demás muertos o tullidos quedaron sepultados no infierno da selva».

[Fragmento II]

«…e ansí, hallamos gran multitud de naturales que dizen ser Moscas, gentes de buena corazón que viéndonos andrajosos e flacos, hobiéronnos lástima. Diéronnos mantas e ropajes para no perecer de frío, e a nuestros caballos diéronles buena simiente estando en los huesos. Anduvimos hasta Chipatá, donde se alçó altar y se dixo la primera Missa naquelas terras pidiendo clemencia. ¡Ay, Señor, que en aquel altar juramos fe que luego tornamos en traición! Pasamos por Moniquirá y Susa, e por Cucunubá, donde nos daban viandas e oro a manos abiertas. En Guachetá entramos en el Templo del Sol e, tras hincar una Cruz de madera, tomamos las primeras esmeraldas, ca ya el veneno de la codicia empezaba a emponzoñar la sangre… Vanitas vanitatum, omnia vanitas»

[Fragmento III]

«…en Suesca llegaron noticias del gran señor Bogotá, e fuimos a sus dominios en busca de tesoros. Allí se nos dio batalla por quinientos indios en Zipaquirá, mas la victoria fue fácil. Tras lidiar otra vez en Cajicá, cruzamos el río Funza e llegamos a Chocontá, dende vimos casas con techumbres tan altas que pareciéronos alcázares. Llegados a Suba e de allí a Muyquytá, hallamos la ciudad muda, ca el zipa se lo hobo llevado todo en su partida. Tornamos sin oro ni esmeraldas e anllí la soldadesca andaba enloquecida, como bestias del Apocalipsis no buscando a Dios sino al brillo…»

[Fragmento IV]

«…perdiendo todo temor de Dios, entramos en Hunza como lobos. El palacio del Hoa Eucaneme era cosa de visión, paredes e puertas cubiertas de oro que relumbraba con el sol. Allí se mató e se saqueó sin mesura e lo mesmo se hizo en Suamox, donde el fuego consumió el Templo tornando las suplicas daquelos infelices en alaridos de muerte. Quid prodest homini, si mundum universum lucretur, animae vero suae detrimentum patiatur? ¿De qué sirvió el oro si perdimos nuestras ánimas?…»

[Fragmento V]

«…toda la hueste enfiló a Muyquytá e anllí un soldado hobo muerto al rey Bogotá, siendo Sigipa quien pidió el trono, peleando a nuestro lado como aliado fiel. Mas, ¡o atrocidad nunca vista!, fue torturado hasta la muerte para que declarasen dónde estaba el oro, e don García dióle tormento junto a dos de sus parientes nobles. Cain, ubi est Abel frater tuus? ¡Atroz pecado!

Fundóse luego pueblo e repartió el Licenciado el oro e las verdes piedras entre nosotros, mas él nunca volvió a la Corte de Madrid a dar cuenta de tan viles matanzas e latrocinios, prefiriendo ser rey en la tierra que siervo del Cielo.

Vindica, Domine, sanguinem sanctorum tuorum qui effusus est».

Tras el análisis prosopográfico, es posible suponer la identidad de un posible autor, aunque el misterio permanece abierto.

Todo apunta a Alonso de Aguilar, hijo de una familia de hidalgos empobrecidos de Castilla- La Mancha, que habría recibido una educación religiosa, queriendo sus padres que fuera sacerdote antes de embarcarse hacia las Indias en busca de fortuna tras caer en desgracia. Los registros de la época lo sitúan como ballestero y, ocasionalmente, escribano.

Su rastro se pierde después de la fundación de Santafé. Por mucho se especuló que se sumió a un retiro religioso voluntario, pero parece que quiso volver para dar cuenta de la gestión del Licenciado, de quien se habrían recibido quejas por lo sucedido con Sagipa.

No obstante, existen inconsistencias que impiden una atribución definitiva. Otra opción históricamente sólida sería Fray Domingo de las Casas, un fraile dominico nacido en Sevilla y educado en la Universidad de Salamaca. Se unió a la expedición para evangelizar la población indígena, pero fue testigo de las atrocidades de la Conquista.

La historiografía recoge evidencia de su integridad moral, no solo porque era hermano de comunidad y también primo de Bartolomé de las Casas, sino porque durante el repartimiento del botín tras fundar Santafé, Fray Domingo rechazó su parte de oro y esmeraldas. En un acto de desprendimiento material, pidió que todo fuera donado para la erección de la primera iglesia, prefiriendo la pobreza evangélica al oro ensangrentado.

Regresó a España, muriendo poco después de su llegada. De ser su autor, se podría especular que estas cartas fueron o bien redactadas como un registro de lo sucedido para dar cuenta al Consejo de Indias, o bien un descargo de conciencia próximo a la muerte.

En última instancia, estos fragmentos no son solo un registro más de la conquista, sino la evidencia de un naufragio espiritual, recordándonos que, bajo los cimientos de cada ciudad fundada, hay una verdad que la historia oficial a menudo nos hace olvidar, que la peor batalla no fue por la tierra, sino la de algunos hombres contra su propia moral.