La edad del agua

Autora: Mila (Melanny Suarez Jimenez)

Había una vez, no hace mucho tiempo, una hermosa niña llamada Jade; vivía con su abuelo Dario, no por algo grave, ni porque alguien lo haya decidido con drama, solo así era y ya. La casa del abuelo no era parecida a las demás casas, quedaba lejos de los ruidos externos, no había gritos, personas desesperadas por ser productivas en su día a día, la casa del abuelo era paz y llena de amor.

El abuelo llevaba seguido a Jade a un lago cercano, no hablaban mucho, solo se sentaban, miraban el agua cristalina, sentían el viento en su cabello y escuchaban el sonido de los pájaros; a veces lanzaban piedras, el lago respondía con círculos lentos. Jade amaba estar allí, ver ese verde tan resplandeciente de los árboles y demás cosas alrededor de un lago tan precioso le daba paz, y más estar con su abuelo era lo único que necesitaba en su vida. Con el tiempo esa niña creció, sin apuro, probando colores, gestos nuevos, versiones de sí misma. El abuelo, sin entender exactamente qué pasaba, nunca preguntaba cuánto durarían esas etapas, solo se quedaba y eso bastaba.

Los días del abuelo y Jade eran tranquilos: cocinar galletas, limpiar la casa, cuidar las flores, ir al lago y a veces, con un poco de drama, el abuelo acompañaba a Jade en sus crisis existenciales. Todo era hermoso, pero a veces no todo se puede quedar así para siempre… Los años pasan, el tiempo sigue su camino, unas vidas se despiden mientras otras empiezan a florecer.

Un día el abuelo, en su mecedora, decidió cerrar los ojos y esta vez no los abrió para levantarse. No dijo adiós, pero Jade lo entendió todo. Pensó en llamarlo, pero algo dentro de ella supo que ya no iba a responder. Las lágrimas caían silenciosamente, ya que las despedidas no se dicen, solo se sienten.

Después vino la mudanza. La casa de los padres tenía paredes limpias pero ningún sitio donde sentir la comodidad de un hogar. Jade iba y venía sin que nadie notara demasiado su presencia. Empezó a mirar otras vidas que parecían avanzar y lograr; ella sentía que caminaba con un retraso invisible. Su vida cambió, solo era de la casa al colegio y del colegio a la casa, sin recibir algunas palabras de sus padres o un abrazo. Dicen que cuando no te encuentres debes volver a tu lugar de origen; eso hizo ella… volvió a su preciado lago. Cuando volvió el agua ya no devolvía reflejos, el olor era otro; entre basura encontró un sombrero viejo, era de su abuelo. Volvió más veces, tal vez a organizar un poco de lo que quedaba en ese lago. Entendió que no todo se recupera, pero algunas cosas se cuidan aunque estén heridas.

El lago no volvió a ser el mismo, pero siguió siendo lago, hasta que un día, sentada a la orilla tirando suavemente piedras, escuchó una voz. Esa voz era igual a la de su abuelo, que le estaba diciendo que todo estaría bien. Ella no podía creer lo que escuchaba. Cada que esa voz sonaba el lago hacía pequeños círculos. Jade, aterrorizada y a la vez sorprendida, empezó a hablar con esa voz. Sintió tanta alegría como hace tiempo no lo hacía. Hablaron por horas; Jade le contaba de su nueva vida, que no era tan buena, pero no se quejaba demasiado. La voz respondía y hacía silencio cuando ella hablaba. Pasaron los días, Jade iba más seguido, empezó a faltar al colegio para estar en el lago escuchando a su abuelo.

Los profesores se dieron cuenta de sus tantas faltas al colegio y llamaron a los padres, que básicamente no hicieron nada; estaban muy sumergidos en su trabajo y su rutina de día a día. Jade seguía en lo suyo en su lago, pero se veía más demacrada; no estaba comiendo ni durmiendo, solo pensaba en el lago. El padre, que nunca le prestó atención a los comportamientos de Jade, se dio cuenta… se sintió culpable. Su hija estaba ojerosa y en los huesos. Decidió llevarla al hospital y las noticias no eran buenas.

Jade empezó a padecer de esquizofrenia. La tuvieron que internar. Pasaron demasiados días, llegando a meses, pero Jade no mejoraba, solo preguntaba por su abuelo. Su estadía en ese lugar era insoportable. Ella solo quería estar con su abuelo. Después de mucho tiempo, con tratamientos, paciencia y amor, ella fue mejorando. No cambió el amor por su abuelo; lo que cambió fue la manera en que ella miraba al mundo… Su mamá siguió siendo la misma, pero eso ya no importaba.

Jade volvió muchas veces al lago, ya no buscando voces, sino silencio. Entendió que algunas personas no desaparecen, se quedan viviendo en las cosas que nos enseñaron a amar.