Lavado delicado

Autor: Benjamín (Diego Alejandro Beltran Baquero)

Rosa lavaba los trastes del desayuno cuando escuchó un golpe seco en el patio. El sonido venía del árbol de naranjas donde jugaba David. Soltó el plato húmedo en el fregadero y salió rápidamente.

Allí estaba él. No se movía. Rosa no vio la caída; no vio cómo David había trastabillado ni la pirueta que el miedo le obligó a dar antes de caer sobre su cuello. Solo vio el resultado: un cuerpo pequeño y demasiado quieto sobre la tierra.

Al encontrarse con la escena, Rosa no gritó. Volvió a entrar a la casa con un paso metódico. Buscó el jabón de barra, unos trapos limpios y un balde; luego instaló la manguera en la toma del patio para poder rociarlo. La caída había provocado que David ensuciara su ropita nueva, una mancha de tierra verde y marrón justo en el pecho, así que con una gran ternura fue quitándole, primero la camisa, luego los pantalones cortos y, finalmente, desamarró sus zapatos. Echó la ropita a la lavadora con detergente y suavizante. Programó el ciclo de lavado delicado.

David solo tenía puestos su bóxer y sus medias. Rosa volvió rápidamente y tras llenar el balde frotó sus piernas, quitando la tierra y el pasto con movimientos circulares. Limpió su torso, sus brazos, desde el hombro hasta la punta de los dedos, y su rostro, que era tan bonito. Al final, con ambas manos, acomodó su cabecita hacia el centro, buscando la simetría que la caída había roto.

Todo estaba limpio ya, pero la piel de David se sentía extrañamente fresca bajo el sol de la mañana. Rosa pensó que el agua del balde estaba fría. Tiró el agua jabonosa sobre las raíces del naranjo y volvió a entrar a la cocina. Puso una olla grande a calentar. No dejó que hirviera, solo buscaba una temperatura tibia, agradable, la misma temperatura que sentía en su hijo cuando la abrazaba. Volvió a salir con la olla y un trapo nuevo.

Comenzó de nuevo. Humedecía el trapo en el agua tibia y lo pasaba por el pecho de David, esperando ver cómo el calor le devolvía el color rosado a sus mejillas. Una vez. Dos veces. Cien veces. El agua en la olla se enfrió y ella volvió a la cocina a calentarla. El tiempo se volvió un ciclo entre la estufa y el cuerpo quieto bajo el árbol. Ella no se cansaba. Era su trabajo. Tenía que calentarlo hasta que él quisiera despertar…

El ciclo de la lavadora terminó con un pitido electrónico que cruzó el patio como un llamado al orden. Rosa dejó la olla sobre la tierra y entró a la casa. La ropa de David estaba tibia, inflada por el aire caliente del secado y desprendiendo un aroma químico a flores que inundó la cocina. Con la misma precisión con la que se dobla una sábana de lino fino, Rosa llevó las prendas al patio.

Sentó a David contra el tronco del naranjo. Le puso la camisa limpia, abotonándola desde abajo hacia arriba, asegurándose de que el cuello quedara perfectamente alineado. Luego, con un esfuerzo titánico que le hizo sudar la frente, le subió los pantalones cortos y le calzó los zapatos, anudando las agujetas en dos lazos idénticos.

—Ya casi estás, mi cielo —susurró.

Buscó en su delantal un peine de dientes finos que siempre cargaba. Comenzó a peinarlo, usando un poco de su propia saliva para aplacar un remolino rebelde que David tenía en la coronilla. Las sombras de las ramas del naranjo se estiraron por todo el patio, dibujando dedos negros sobre la tierra, pero para Rosa el sol seguía en el cenit, el movimiento del peine era lo único que mantenía al mundo girando.

De pronto, el resplandor de una naranja madura, herida por la luz de la tarde, estalló frente a sus ojos.

David parpadeó.

No fue un movimiento brusco. Simplemente, sus ojos se llenaron de un brillo inteligente y profundo. Se puso de pie con una agilidad que Rosa reconoció de inmediato. Ella se quedó sentada en la tierra, con el peine aún en la mano, invadida por una satisfacción plena, casi arrogante.

Bajo su mirada orgullosa, David no entró a la casa. Caminó hacia el futuro. Rosa lo vio atravesar la cerca del patio convertido en un adolescente alto que cargaba libros bajo el brazo. Lo vio graduarse en una plaza llena de gente que aplaudía, mientras él la buscaba a ella entre la multitud para dedicarle el diploma. Lo vio después, con la espalda más ancha y el rostro maduro, lo vio firmar documentos con una pluma de oro o explicar las estrellas frente a un salón lleno de estudiantes, no importaba, era un hombre de éxito, un hombre íntegro que nunca tropezaba.

Rosa vio cómo David envejecía con elegancia, cómo sus sienes se encanecían y cómo sus propios hijos le rodeaban las piernas. Era una vida próspera, larguísima, una sucesión de triunfos que Rosa paladeaba como si fueran gajos de fruta dulce.

Un David anciano y sabio se giraba hacia ella desde el otro lado de la cerca y le hacía una reverencia, agradeciéndole la vida que había podido tener. Rosa suspiró, cerrando los ojos con la paz de quien ha cumplido su tarea…