Esta es la historia de un amigo mío, la cual se desarrolla en un pueblito ubicado entre las montañas cafeteras de nuestro hermoso país, no puedo dar muchos detalles del lugar, por el bien de sus habitantes. Del hombre no se sabe casi nada, aunque hace estragos por donde quiera que pase, es muy bueno para desaparecer sin dejar rastro, nadie lo conoce, pero todo mundo sabe quién es con solo verlo, unos lo aman, otros muchos lo odian y todo el mundo lo busca, se hace llamar “Manos Rojas”.
Fernando, como en verdad se llamaba, tenía pinta de ser un campesino cualquiera, pero llevaba consigo una energía muy pesada, lúgubre, algo que hacía poner arrozudo hasta al más bravo, como si de ver a un espanto se tratase. Era muy alto, delgado, físicamente descuidado, mal encarado, con tufo a trago todo el tiempo y a sus costados llevaba un machete y una navaja, sus únicos y más fieles acompañantes. El pueblo era un lugar triste y desolado, no porque no hubiera nadie, sino porque todo el mundo se escondía, sus habitantes vivían asediados por la violencia, el miedo y la incertidumbre, los grupos armados se habían tomado el lugar hace mucho tiempo, por lo que estaban acostumbrados a sus injusticias , pero todo empeoró desde que llegó “El Ogro”, un comandante inhumano y despiadado, quién empezó a llevarse a todos los niños del pueblo a la fuerza, reclutándolos como futuros miembros de su ejército, afirmando que en un lugar donde nadie servía para nada, les iba a mostrar como era el mundo real, así tuviera que enseñarles a hablar y caminar primero. Hasta que un día cualquiera, guiado por los rumores y la reputación que adornaban el pueblo, apareció Fernando.
- Oiga mi don, que pena molestarlo, ¿usted de pronto sabe dónde puedo encontrar a ese tal ogro? -, le preguntó a un anciano que se cruzó en su camino.
- Mijo, ¡por Dios bendito!, ¿Usted que hace preguntando por ese loco? No busque lo que no se le ha perdido.
- Tranquilo viejo, que a todo marrano le llega su noche buena, más bien dígame donde lo encuentro -, respondió Fercho seguro de sí mismo.
- En el único bar que hay en la plaza, Dios lo bendiga y lo saque vivo de allá mijo-, dijo finalmente el anciano, antes de desaparecer del lugar.
Fernando se adentró en el bar, empezó a tirar mesas y a ponerlas en la entrada para que nadie saliera, acto seguido, empezó a tomarse tragos que no eran suyos, y devolvió de un golpe en seco al primero que le quiso reclamar. El bar estaba lleno de hombres armados hasta los dientes, sin embargo, todos se quedaron petrificados, todo mundo se quedó en silencio.
- ¿Quién de ustedes es el ogro?
- ¿Quién lo necesita? – preguntó uno de los presentes.
- El que sea es muy bobo, lo encontré muy fácil, yo pensé que me iba a tocar picar a alguien pa’ encontrarlo.
- Oigan a este huevón, ¿No sabe por qué me dicen el ogro? Respondió el mismo hombre.
- Será por lindo, hijueputa-, respondió Fernando antes de arremeter con su machete.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, el bar se convirtió en una carnicería, empezaron a volar cabezas acompañadas de chorros de sangre que manchaban la escena; en un parpadeo, los únicos hombres en pie eran el mozo, Fercho y el Ogro, el resto yacían en el piso, descuartizados, algunos casi por completo, los pocos que conservaban sus cabezas, lucían inexpresivos, dando a entender que no tuvieron tiempo ni siquiera de asustarse antes ser masacrados. Al Ogro le tocó un final más lento, mientras lloraba y suplicaba por su vida, le quitaba uña por uña, dedo por dedo; al llegar a las muñecas empezó a desollarlo, y cuando terminó de hablar, lo decapitó con un solo corte de su machete. El mozo se encontraba paralizado, temía en ser el siguiente. Fernando se retiró del lugar, y se dispuso a ir donde supuestamente estaban los niños.
Al otro día, todo el pueblo entró en celebración, los niños habían vuelto, y con ellos, la alegría que se les había arrebatado a sus familias. Fernando volvió al bar, el cual seguía destrozado por la masacre del día anterior. Entró, se sentó, y le pidió al mozo una media de guaro.
- Oiga hermano, quién es usted? Y qué lo impulsó a hacer todo esto?
- Me dicen “Manos Rojas”- respondió Fernando.
- ¿Si es consciente del peso que lleva en su nombre? – interrumpió el mozo. – Hace alusión a todos los niños que no volvieron a sus casas por culpa de estos hijueputas, al dolor de las familias, las lágrimas derramadas por sus madres, la impotencia de sus padres, el miedo sembrado en forma de minas en tierra que alguna vez fue fértil, la lucha por lo que era nuestro y nos arrebataron.
- Por eso lo hago, para demostrarles que seguimos luchando, para alzar la voz por quienes ya no pueden hablar, cargando su cruz, acompañado de todos ellos, para hacerles sentir a esos desgraciados el terror que por años les ha dado seguridad de hacer lo que les da la gana, para que vean que no estamos solos, porque ellos saben que al gobierno no le importa lo suficiente, allá arriba están muy ocupados tapándose los bolsillos con nuestra plata, lo único que les importa es estar bien a ellos, creen que la sangre que aquí se derrama no alcanza a manchar sus escritorios, por lo que no les corresponde limpiarla, ya se acostumbraron a la violencia, la tortura, la extorsión, el secuestro, las muertes, por lo que asumen que nosotros también debemos hacerlo, por eso les embuto más de lo que puedan masticar, más de lo que ya se acostumbraron a ver, de asimilar, para que la corbata les aprete un poquito el cuello, porque no ensuciarse las manos los hace creer ser mejores, pero al no hacer nada son iguales o incluso peores que yo, por eso hago tanto escándalo, para que lo último que vean, sean mis MANOS ROJAS.
