Nunca pensé que un día iba a tener que vivir algo así.
Nunca pensé que un día iba a tener que vivir algo así.
No porque normalmente no pasen este tipo de cosas, sino porque uno siempre cree que le pasan a otros, en otros lugares, en otras vidas. No en el mismo barrio, no en la misma calle por donde uno pasa todos los días, no a alguien que uno ha visto reír tantas veces.
Ese día empezó normal. Era un día cualquiera: gente saliendo de las casas, ruido en la calle. Nada hacía pensar que en unas horas todo iba a cambiar.
A ese compañero lo conocíamos muchos. No porque fuera el más inteligente o el que más participara en clase, sino porque era de esos que uno ubica fácil. Estaba ahí, compartía, se reía, molestaba como cualquier otro. No era perfecto, pero tampoco tenía nada que hiciera pensar que algo así podía pasar.
Donde sí cambiaba todo era en la cancha.
Ahí si no parecía el, era otra persona.
Corría distinto, pensaba rápido, jugaba como si los de la selección lo estuvieran viendo. Había partidos en los que uno se quedaba mirándolo, de verdad se notaba que tenía algo. No necesitaba decir mucho, ahí hablaba con lo que hacía.
Ese día cumplía años.
Eso es algo que no se borra. Porque mientras en otros años ese día significaba algo lindo algo distinto, esta vez terminó siendo otra cosa completamente diferente.
Dicen que todo pasó muy rápido.
Que llegaron buscando al padrastro.
Que no iban directamente por él.
Pero estaba ahí.
Y cuando pasan ese tipo de cosas, no importa si tenía que ver o no. Todo pasa sin dar tiempo a reaccionar, sin pensar, sin poder hacer nada.
Y en medio de eso, intentó sobrevivir.
No se quedó quieto. No fue como si simplemente todo hubiera terminado sin más. Hubo unintento, una reacción, algo que demuestra que quería salir de ahí, que no era alguien que se iba a rendir así.
Pero no.
La noticia no llegó de golpe.
Primero fue un rumor, algo que alguien escuchó. Después otro. Hasta que ya no hubo forma de seguir dudando.
Y ahí todo cambió.
No fue solo tristeza. Fue confusión. Nadie entendía bien cómo algo así podía pasar tan cerca, con alguien que uno había visto hace nada.
El velorio fue duro.
Había mucha gente, más de la que uno pensaría familiares, vecinos, compañeros y hasta personas que tal vez ni hablaban mucho con él, pero igual estaban ahí, porque cuando pasa algo así, uno entiende que no se trata solo de cercanía, sino de humanidad; entre todos se mezclaban la música, las conversaciones y el llanto, formando un ambiente pesado, cargado, donde todo se sentía al mismo tiempo y nadie reaccionaba igual, porque mientras algunos no podían parar de llorar, otros solo se quedaban en silencio sin saber qué hacer, y otros simplemente miraban, como tratando de entender algo que no tiene explicación.
Pero lo más fuerte no fue eso.
Fue el momento en el que su hermana entró y lo vio en el ataúd.
Fue un grito que salía desde adentro, sin control. Llamándolo, diciendo que no, que no la dejara sola. A veces no vemos cómo tratamos a las personas sin saber si el día de mañana van a estar ahí. Cuando escuché ese grito de desesperación, al verla también reaccionar por su mamá, no podía contener las lágrimas. Tan solo una niña, y pasar por lo que ella está viviendo no es justo. No hay palabras para eso.
Ahí nadie necesitó que le explicaran nada.
Después de eso, todo siguió, pero diferente.
En el colegio, los profesores no podían dar clases sin pensar en lo sucedido. Prendimos unas velas por él, y cada gota de cera que caía en nuestras manos era como una leve quemadura en el fondo del corazón, pero al mismo tiempo las lágrimas que caían se iban quedando, como si algo por dentro también se endureciera.
La gente volvió a sus rutinas. Pero no era lo mismo. No se sentía la calidez que él dejaba.
Porque hay cosas que no se tienen que repetir para sentirse.
A veces uno piensa en lo rápido que cambia todo.
En cómo alguien puede estar un día y al siguiente ya no.
En cómo hay momentos que parecen normales, pero terminan siendo los últimos sin que nadie lo sepa.
Y eso es lo que más queda.
Que era alguien real.
Que tenía su vida, sus cosas, su forma de ser.
Y que en cuestión de minutos, todo se acabó.
No por decisión propia.
No porque quisiera.
Sino porque simplemente le tocó estar ahí.
Y eso es algo que no se puede cambiar.
Ni explicar del todo.
Solo queda asumirlo, aunque no tenga sentido.
Y seguir, aunque algo ya no esté.
Siempre estarás ahí. Pase el tiempo que pase, nunca se me va a olvidar el rostro de esa sonrisa.
