Cuando murió mi madre, todo el mundo se empezó a reír. Por eso nadie pudo –o quiso– ayudarme. Y como soy un completo inútil –o eso me repetía a menudo mi madre –no supe qué hacer y me quedé mirándola, con el celular en la mano, escuchando la risa estridente de mi tía al otro lado de la línea, mientras se desangraba.
Al terminar de morir, me acerqué a ella con un trapero. No estaba muy acostumbrado a trapear porque mientras vivimos juntos mamá siempre lo hacía, así que se me dificultó mucho, aún más teniendo en cuenta que la sangre es muy viscosa y se pega fácilmente en las hebras de los traperos. Salí, entonces, al antejardín a echarle agua para que la sangre se fuera por la alcantarilla. Mi vecino me vio.
- ¿Qué es eso rojo, Jorgito? ¿Regaste jugo de fresa?
- Es la sangre de mi madre –respondí y mi vecino se echó a reír.
Luego de escurrir toda la sangre de mi madre, le quité la ropa y vi su carne del vientre rajada. Pensé que era extraño que se hubiese apuñalado el vientre y que ya no se podría distinguir la cesárea por donde salí del resto de rajaduras ni de la abertura de su vagina.
Llamé a la funeraria que mamá pagaba mensualmente con responsabilidad y al contarle a quien me atendió que ella se había apuñalado, escuché una risa tremenda que casi se me contagia. Se rieron también al llegar en el carro fúnebre y ver que estaba quemando en un asador la ropa que utilizó mi madre en su último día sobre la tierra.
Lo más extraño fue sentir las risas susurradas de todos los que asistieron al velorio y que pasaban por el ataúd abierto donde yacía mamá con el maquillaje que le unté por toda la cara, con el fin de que pareciese ruborizada y pudorosa por primera vez, aunque fuera después de muerta.
En la tarde, en la iglesia, el sacerdote tuvo siempre un atisbo de carcajada en su rostro durante el sermón. Especialmente, al culminar la sentencia: “venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré”. Quizá nadie más se dio cuenta, pero se mandó el pañuelo a la boca y le dio la espalda al público –no para preparar el vino, sino para reírse a sus anchas–.
En el altar había una foto gigantesca de mi madre junto a mi padre. Hacía mucho no veía su rostro, pues mamá trituró todas las fotos de mi padre y se las tiró a los gatos para que se comieran los pedazos. Luego, en su primera cagada posterior a esa curiosa cena, ella recogió la arena y la arrojó al río más cercano.
Ver el rostro de mi padre me hizo recordar la mueca extraña, medio irrisoria, que tenía cuando lo hallé colgado en el medio de la misma habitación en la que mi madre se había apuñalado el día de ayer. Aunque era un niño me acuerdo muy bien de que cuando conté que papá se balanceaba en una correa, la única que no pudo contener la risa fue mi madre.
Ahora estoy buscando la forma de cumplir la promesa que le hice a mamá un domingo abrazados en silencio luego de que termináramos de ver una película cómica, de esas que tanto le gustaban:
- Después de que yo me mate –dijo mirándome a los ojos, quebrando el silencio de nuestro amor– te matarás tú también, ¿de acuerdo? Y me buscarás en el Cielo. Allá le preguntarás a San Pedro por mí. Él sabrá dónde estoy. Y podremos estar juntos por toda la Eternidad, ¿comprendes, Jorge?
- Claro que sí, ma’. No tengas ninguna duda de ello.
- Pero debes buscar otra forma –me dijo–. Todos nos hemos matado de maneras distintas y tú no puedes romper la tradición.
Así que pensé en todos ellos y supe que no podía lanzarme de un puente, ni tirarme a un carro, ni pegarme un tiro, ni cortarme las venas, ni ahogarme en el mar, ni abrir la boquilla del gas, ni poner mi cara frente a un exhosto, ni quedarme quieto mientras la casa se incendia, ni meter droga hasta que el corazón se me pare, ni emborracharme hasta chocar contra un poste mientras conduzco, ni beber veneno para ratas, ni mezclar cloro con jugo de naranja, ni rajarme el cuello con un cuchillo, ni practicar el harakiri, ni poner una bomba en un auto frente a una catedral, ni colgarme con una correa en la habitación de mi hijo ni mucho menos apuñalar el vientre en el que lo concebí. Supe, a fin de cuentas, que debía tomar pastas para dormir hasta que el sueño me llevara a la muerte. Pero no sé cómo lo voy a hacer, porque desde que le dije al regente cuántas tabletas quería comprar no ha parado de reír.
