El trato

Autor: José José (Esteban Cruz Duque)

La noche que Fredo llegó a mi casa, hubo un silencio. Sentí un frio lento y serpenteante desde la nuca hasta las rodillas: no pude evitar temblar.

Recordé el inicio de mi carrera en el boxeo, pelea tras pelea logré reivindicar mi vida, recordé la muerte de mi padre, el sufrimiento de aquel viejo exiliado de su patria. Un corazón traicionado por su gente, falsas acusaciones, pleitos políticos y un hermano que conocía el mayor de sus pecados. Las palabras llegaron a oídos incorrectos, mi padre no fue un buen hombre, eso es seguro, sin embargo, nunca le hizo nada malo a nadie, no como yo, que conocí la muerte desde todos los ángulos, como un camarógrafo experto jugando con los planos. Padecí la muerte como una maldición y hubo noches que intenté extender ese dolor hacia otros. Por fortuna, me salvé a tiempo, diluí esa condena y busqué otras formas de habitar el mundo. Esto me pasa seguido, me pierdo en mis pensamientos, me hundo en mis recuerdos y el tiempo pasa despacio, no sé por qué escribo esto, justo ahora con las gotas de sudor empapando estas hojas. Siento que debo hacerlo, dejar en el mundo esto como un recordatorio de que yo también tengo una voz, de que no siempre hablaron los puños por mí.

El tiempo se acorta, recuerdo el sonido del timbre, la forma peculiar que tenía el gordo Fredo de tocar la puerta. Me gustaba llamarlo Fredo, siempre pensaba en formas de manipular los nombres para que su sonoridad me recordara esa tierra que nunca conocí. Su nombre real era Fredy, pero a nadie le importa. La primera vez que nos presentamos Fredy desapareció, se convirtió para siempre en Fredo, mi amigo, el hombre que creyó en mí, que me entregó por primera vez un par de guantes. Aún en mi casa, guardo ese par de manos acolchonadas que me dieron tantas alegrías.

Esa noche Fredo llegó con una sonrisa temblorosa y un sobre de manila en la mano. Le abrí la puerta, no profirió ningún saludo, solo me dijo:

  • Esto es algo especial, creo que esto puede cambiarnos la vida, trae una botella, vamos a celebrar.

No sé por qué el cuerpo siente cosas sin que el cerebro las comprenda inicialmente o si el cerebro de forma inconsciente envía esas señales al cuerpo sin que uno se termine por enterar. No entiendo mucho de esas cosas, a veces me siento ajeno de mi propio cuerpo, siento que mi cerebro y mi cuerpo actúan de manera independiente en ocasiones, lo digo porque a veces esas acciones me han salvado la vida y, también, han estado a punto de arruinarla.

Una noche bebí de más, mi padre me había llevado al límite por una llamada, me había dicho cada una de las cosas que me remordían el alma y en su tono acusatorio, derrumbó cada una de mis defensas y me dejó expuesto como una herida fresca, listo para los coyotes de la noche. No quiero recordarlo, no quiero revivir la culpa en este momento, esa noche arruiné un par de vidas.

Mis manos eran dos cañones, Fredo lo notó cuando me vio entrenar en un gimnasio, años después de haber salido de la cárcel. Ese gordo tenía buen ojo y muchos contactos, me presentó la gente correcta, me acogió como el hermano que nunca tuve, entrené duro, dediqué mi vida a esto. Noche tras noche, pelea tras pelea, me gané mi puesto, con sangre y sudor. Lloré, cuando una noche de diciembre en ese estadio recién construido escuché los vítores del público, gritando mi nombre.

Fredo se volvió mi manager por así decirlo, éramos familia. Nunca dudé de ninguna de sus ideas, yo siempre fui muy lento para esos temas, pero, esa noche algo había cambiado, su tono era distinto, su mirada nerviosa y su dedo temblaba al reposar el sobre de manila sobre la mesa de vidrio.

Dio muchos rodeos, habló de los beneficios, de la posibilidad de que fuera mi pelea de retiro, de que el dinero era increíble, que esto que lo otro. Abrí el sobre.

Tenía una foto de un joven más o menos 10 años menor que yo, una promesa, hablaba sobre su experiencia, sobre su exaltado ego y sus comentarios polémicos. En negrilla y resaltado decía lo siguiente:

Nadie lo quiere vivo, molestó la gente incorrecta, acábalo en el tercer asalto.

No entendía muy bien, ¿por qué estaba resaltado? Seguí leyendo y lo entendí todo, el papel decía:

Todo está arreglado, los guantes tendrán lo suyo, el árbitro hará la vista gorda…

Dejé de leer, se me aceleró el corazón, miré a Fredo, sudaba a cántaros. Yo también empecé a sudar, miré el cajón donde guardaba aquellos guantes. Solo pude decir:

  • No lo haré.
  • Tienes que hacerlo, esta gente es peligrosa, no tenemos opción – dijo Fredo con esos ojos temblorosos.
  • Dije que no. No mataré un niño ni por todo el dinero del mundo.
  • Ya lo acepté, Jhonny, están afuera, la pelea es en tres horas, no tuve opción. El trato es este: es él o nosotros.

Me sentí aturdido, delirante, no sabía cómo reaccionar, me bebí el trago de la botella directamente.

  • Tiene que haber otra opción, quizás avisar a la policía, escapar, no sé. Mierda, Fredo, ¿por qué aceptaste?
  • Jhonny, puta vida, no es un juego, son nuestras vidas, esa gente no se anda con juegos, la vida es así, nos tocó a nosotros, no se le dice que no a esa gente. A esa gente no, Jhon.
  • Yo soy el que cargará con todo esto, iré a la cárcel, regresaré a ese hueco, mi reputación, mi vida, todo se irá a la mierda.
  • Me lo debes, Jhonny.

Esas palabras me dejaron helado, sentí ese frío que quema, lo viví en todo mi cuerpo, en toda mi sangre. Agaché la cabeza, me levanté de la silla, subí a mi alcoba un momento. Bajé y tomé mi chaqueta, salimos de la casa.

  • Gracias, Jhonny.
  • No me toques, vámonos.

Llegamos a un viejo antro clandestino, le habían ofrecido mucho dinero al chico para que aceptara pelear allí. Me encerré en el baño, llamé a mi padre. No contestó. Esos tipos no dejan de golpear la puerta, debo salir. No volveré a la cárcel, al menos no por esto, tal vez regrese a mi vieja patria en otros sueños. Tal vez, no lo sé.