Me cuesta respirar. Siento la textura áspera y gruesa de una soga que retiene mis manos y mis pies. No veo más que oscuridad, el punto en el que los ojos empiezan a ser inmunes al color negro. Ojalá pudiera responder dónde o cómo, pero no puedo. No logro entender nada, pero como por inercia humana, quiero escapar. Estoy en un pasillo, eso es claro. Tengo miedo y comienzo a temblar.
No sentía algo así desde el último pinchazo de esa jeringa en el hospital. O desde que Shelly, mi hija, desapareció hace años. La busqué por cielo y tierra. El atentado más fuerte que le pude hacer a mi autonomía. Acepté lo que me revolvería el estómago por el resto de mi vida: su ausencia. Así como el miedo constante de la ausencia, así como las herramientas del hospital, así como el fuego que te hace temblar, así era el miedo: el miedo de encontrarse sin explicación en algún lugar desconocido.
Debo salir de aquí.
Giro la cabeza hacia la pared y froto la cinta que rodeaba mi boca hasta rasgarla. Finalmente se rompe. Tomo bocanadas de aire. Histérico, muerdo la soga que me priva del tacto. Las pelusas de la cuerda saborean mi lengua; mis dientes rechinan al morder, cuando por fin puedo deshacerme del agarre, libero mis pies y me levanto tambaleante.
De pie todo parece más pequeño, siento una rareza al caminar, apoyo mi mano en una pared y empiezo a andar. No sé cuánto llevo caminando, y sé muy bien que nadie vendrá a salvarme.
¿Entonces por qué sigo caminando?
Porque aún tengo miedo. Porque aún no quiero morir.
Después de arrastrarme tras las ansias de vivir, la encuentro: una puerta. Tiene números indescifrables, casi como una dirección. Forcejeo el manubrio. Al instante, un sonido ensordecedor golpea desde adentro, dos o tres rugidos convencen a mis pies de correr.
Lo que está ahí no es humano.
Escucho pasos cerca. Me deslizo dentro de una ventilación deteriorada y reprimo la respiración.
Una voz femenina susurra:
- ¿Cómo va Carlo?
Mi nombre. ¿Cómo es posible?
- Se anestesió y sigue inconsciente —responde un hombre.
- Muy bien, ¿Abigail continúa con comportamientos agresivos?
- Hace unos minutos, se alteró, aún no sabemos muy bien la razón, es muy extraño.
- Aplícale el calmante que perfeccionamos a Abigail.
Siento sus pasos cada vez más lejos, salí del estrecho y minucioso espacio en el que me encontraba y observo a estas dos personas a lo lejos, llevan trajes que cubren toda su forma, al escuchar sus voces con tan poca nitidez, deduzco que cubren su cara también.
Miro hacia adelante, un pasillo con una luz tenue y débil me espera, algo me dice que me llevará a la salida; sin embargo, a mi derecha, hay un pequeño pasillo donde aparecieron minutos antes esas personas. Tengo que saber qué es este lugar. Tengo que saber quién demonios es Abigail y qué clase de cosas hacen aquí. Tengo que saber por qué y cómo aparecí en este lugar.
Sin pensarlo, camino hacia allá, camino rápido, nunca he pisado este lugar y nunca había escuchado esas voces en mi vida. De repente, un pitido agudo envolvió mis oídos, hay grandes bocinas fijadas desde el techo que emiten ese horroroso ruido, empiezo a escuchar muchos pasos alrededor, la primera puerta que veo está a mi costado, la abro con desesperación y cierro de inmediato, respiro agitadamente y apoyo mi cabeza en la metálica puerta solo para escuchar pisadas de varias personas hacia una dirección más adelante, sentí alivio, no quiero morir, inmediatamente, percibo el olor insoportable. Volteo mi cuerpo hacia el interior de la recámara, mi mente se niega a aceptar lo que mis ojos ven: cuerpos humanos apilados en una esquina, grandes cápsulas con seres conectados a tubos, frascos con órganos y sangre que bajo luces verdes parece negra. En general, el ambiente es grotesco, irreal.
Cuando al fin logré ponerme de pie, me dirigí hacia lo que parecía un escritorio.
Abro un cajón. Currículos:
Diego Stanford, investigador principal.
Lily Strange, investigadora.
Alex Turner, capitán de la base.
Todos con el sello del gobierno americano. Este lugar es del gobierno. Esta gente es del gobierno
Abigail, 46 años. Pruebas de reacción. Inducción de shimmer. Supervisión constante.
La imagen me paraliza.
Abigail no es una mujer. Es un monstruo, es alta y extremadamente delgada, tiene ojos gigantes y sus extremidades son desproporcionalmente largas. En la esquina de esta página se mostraban los raros números que estaban en esa puerta en la que nunca entré. Entonces… La criatura que rugió de esa forma era Abigail. Dejo caer los papeles; hundo mis manos en mi cabello. No es posible, no puede ser posible. Aquí crean monstruos, pero ¿por qué estoy yo aquí? ¿Cómo llegué a una base secreta del gobierno? ¿Por qué yo?
Me abalancé sobre la puerta de inmediato, comienzo a correr; me sudan y tiemblan las manos. Solo anhelo salir de aquí.
De repente siento un pinchazo en el lado izquierdo de mi espalda, caigo al suelo. Siento mis piernas más pesadas de lo normal. Intento levantarme firme, pero es como estar dentro del agua. Todo empieza a volverse lento, demasiado lento.
- ¿Pensaste que saldrías de este lugar tan fácil? —susurró una voz cerca de mí. No puedo ver bien; Los sonidos se escuchan lejanos, como si alguien hubiera bajado el volumen de este lugar. Sentía esa sustancia atravesar todo mi ser, cierro los ojos y luego… nada.
Abro mis ojos inmediatamente, estoy sentado, pero esta vez algo presiona mis muñecas con fuerza, el mismo algo que a la vez priva mis pies. Estoy atado a una silla. Me encuentro en una habitación similar a la anterior, pero esta tiene algo peculiar, está llena de diferentes tipos de jeringas y agujas hipodérmicas. Me muevo pausadamente, busco el punto débil o algún error en el mecanismo que me ata a la silla.
- Al fin despiertas- Es esa mujer. Se plantó ante mí con una máscara extraña; dos personas con el mismo accesorio se situaron atrás de ella.
- ¿Quién eres? ¿Quiénes son ustedes? ¿Por qué no me han matado? ¿Qué es este lugar? — Grito histérico, si no estoy a salvo, al menos obtendré respuestas.
- Cálmate, Carlo. Son muchas preguntas para mis limitadas respuestas, creo que empezaré con lo más importante.
La observo fijamente, ella eleva sus manos hacia el broche de su máscara, pasa el antifaz por su cabello hasta tirarlo al suelo. Mis ojos se abren como platos.
- Hola, papá.
La vi. Era ella. Era Shelly.
La alarma sonó a las 6:30 am. Era hora de ir a trabajar.
